Sentimientos De Los Soldados Alemanes En La Segunda Guerra Mundial

De pronto amenazaba con venirse abajo la seguridad que me había proporcionado la pertenencia al arma antiaérea de la Luftwaffe y a su cuerpo de oficiales. Pero antes, en julio de 1941, volví a reunirme con Loki en Berlín. Después de varios distanciamientos entre los dos, amoríos con otros y nuevos comienzos, aquella semana en común nos llevó a una unión definitiva. Comprendimos que ya no se trataba de una iniciación a la vida, sino que period nuestra vida real. Era posible que después no hubiera ninguna otra, que nuestra vida durase poco y no llegara una segunda oportunidad para unirnos.

La propaganda nazi marcaba los mensajes de esta época. “Los judíos tienen que trabajar duro para nosotros, construyendo carreteras y puentes, limpiando vehículos y acarreando agua. Por todas partes se oyen sus gritos a Yahvé…”, escribía a sus padres Günter S., soldado de 22 años que murió en 1942 cuando su unidad avanzaba hacia Stalingrado. Le contaba a su pareja que esperaba volver “dentro de tres meses”. “En mis sueños me veo llegando a Berlín”, afirmaba el soldado, fallecido en 1944 a los 34 años.

Voces Desde El Infierno De Stalingrado

Sólo quedaban ellas, junto a niños, ancianos y heridos. Los mayores tenían a su mujer, sus hijos, una profesión… Pero los más jóvenes no habían empezado a vivir. Les esperaban sus hermanos y sus padres —cuántos murieron llamando a su madre entre lágrimas— y a lo sumo, una novia. Ellos sólo podían soñar e imaginar su futuro… Algo en lo que la metralla penetró con facilidad.

sentimientos de los soldados alemanes en la segunda guerra mundial

Yo apreciaba mucho a Georgi, pero no sabía nada de su conexión con los hombres del 20 de julio ni de su participación en la preparación del atentado. Lo que sí sabía era que le disgustaban tanto los nazis como al resto de los oficiales de la plana mayor que dirigía, igual que nuestro general, Heino von Rantzau y yo, el oficial más joven de la unidad. Entonces ya me había convertido en un adversario de los nazis, pero al mismo tiempo period un patriota alemán con sentido del deber. En cambio, mis amigos de Fischerhude, de una generación anterior a la mía, tenían una orientación predominantemente internacionalista y cosmopolita.

El Final De La Gran Guerra

Todo había ocurrido sin que los políticos y generales supieran nada de esa tregua. Por eso, al last del día, los tres ejércitos regresaron a sus trincheras y dieron por finalizada la tregua. Simpatizar con el enemigo estaba prohibido y podía suponer graves consecuencias. En ese terreno impartial, franceses y británicos conversaron pacíficamente con los alemanes, sus enemigos declarados en la guerra. También intercambiaron regalos, hicieron entierros para sus muertos e incluso jugaron un partido de fútbol. [newline]El caso es que el interés por la Primera Guerra Mundial es considerable entre los jóvenes alemanes. Según una encuesta, el 77% de los menores de treinta años se interesa por el tema, aunque esté parcialmente abandonado en las aulas de clase.

Cuando mi comandante nos anunció que Hitler period comandante en jefe de las fuerzas armadas y el basic Von Brauschitz había pasado a la reserva, pensé que Hitler debía tener delirios de grandeza. Me parecía inimaginable que se atreviera a situarse a la cabeza del ejército, una idea ingenua pero que resultó correcta. Por lo que supe, en nuestra unidad no hubo reacciones. Poco después del comienzo de la guerra pasé a ser sargento de la reserva. A principios de 1940 –junto con la mayoría de mis antiguos compañeros de instituto– fui nombrado alférez de reserva. Por lo demás, ninguno fuimos a una escuela de oficiales ni nada parecido; probablemente, según creo hoy, gracias a las valoraciones positivas de nuestro superior directo en tiempos de paz, el capitán Paul Ullrich.

Celebrando La Navidad Con El Enemigo

Los últimos meses de contienda supusieron el exilio de cientos de miles de civiles alemanes. Para los soldados era difícil seguir el rastro de sus allegados para mandar correspondencia, y esto les deprimía más aun. Cuando, a finales de abril de 1945, llegué al campo de prisioneros de guerra todavía no tenía una concepción de lo que puede y debe ser la democracia. Hans Bohnenkamp fue quien sentó las bases de mi educación para la democracia. Me dio las primeras ideas básicas positivas, el Estado de Derecho y el socialismo. Después, hacerme socialdemócrata resultó casi inevitable, ser demócrata por la necesidad de libertad private experimentada en el Tercer Reich y ser social por la necesidad que había sentido de camaradería, solidaridad o fraternidad.

El nazismo ha pasado a la historia por sus políticas de exterminio contra personas cuyo origen étnico, religión, creencias políticas u orientación sexual no encajasen con los ideales de Hitler. Se considera que unos 17 millones de personas murieron como consecuencia de estas políticas. En agosto, el presidente francés Francois Hollande se reúne en Alsacia con el presidente federal alemán Joachim Gauck en los antiguos campos de batalla para sellar una renovada amistad y la voluntad de ambos países de que una guerra como aquella jamás vuelva a tener lugar.

Por el contrario, yo conocía bastante bien la historia y los prolegómenos de la Primera Guerra mundial; por eso suponía que se volvería a producir una coalición mundial contra Alemania. En Bremen, en casa de Liesel Scheel –a la que llamaba “tía”– dije que la guerra duraría cuatro años y que acabaríamos perdiéndola. De los relatos, Hellbeck concluye que “no estaban adoctrinados ni obligados” por el Estado soviético y que “la base de la defensa” period “la voluntad de todos los hombres del frente de no someterse a la violencia, a la tenebrosa fuerza de los esclavizadores e invasores alemanes”. Desmiente con ello vehementemente a uno de los historiadores de referencia,Antony Beevor, quien según él, en su ‘Stalingrado’ (Crítica), “se hace eco de una serie declichés originados por la propaganda de la period nazi” y sostiene que los rusos “fueron coaccionados para alistarse”. Hellbeck cree que “el espíritu de Stalingrado, como lo entendía elfamoso reportero de guerra Vasili Grossman, “consistía en la fuerza ethical de unos soldados corrientes que alcanzaron el estatus de héroes al arriesgar sus vidas para cumplir con su deber cívico”. Los alemanes, además, están aprovechando la ocasión para desempolvar reliquias familiares, como las fotos de los abuelos antes de salir hacia el frente o viejos fajos de cartas que están adquiriendo precios récord en las subastas de antigüedades.

Pero mi punto de contacto personal period la casita de Haina y Fritz Schmidt, que había sido compañero de mi tío Heinz Koch durante la guerra. La primera etapa comienza en 1940 con la invasión de Polonia. Sigue en Francia, Noruega, Checoslovaquia y Grecia, hasta 1941. Con tranquilidad, seguridad y un ligero tono de superioridad, los soldados escriben a sus allegados lo pronto que volverán a sus casas, las ciudades por las que hacen turismo, o el respeto que les tienen allá donde llegan. “Se nos permite robar alimentos”, le decía Herlmutt H.

Soldados británicos y alemanes durante la tregua de Navidad de 1914 en Ploegsteert, cerca de Ypres (Bélgica). Por su parte, el gobierno fascista de Mussolini también persiguió a las personas que se oponían a sus políticas, especialmente a los comunistas o personas con ideales de izquierda. Aquellos contrarios al régimen eran juzgados, torturados, encarcelados, desterrados o incluso asesinados. Italia, aunque estuvo en el bando de los vencedores, sufrió muchas bajas durante el conflicto y también a causa de la gripe española. Además, el país no obtuvo todas sus demandas en los tratados de paz de la Primera Guerra Mundial.

Una Tregua Por Navidad

El conde Ulrich von Brockdorff-Rantzau, quien dirigió la delegación alemana, regresó a casa convencido de que introducir, como hacía el tratado en su Artículo 231, que toda la culpa de la guerra era de su pueblo suponía sembrar el odio del mañana. «Hay un intento reciente de blanquear Versalles, pero hay cosas que solo se comprenden desde el revanchismo. No es de recibo intentar exterminar a todo un bando», sostiene el escritor Ricardo Artola, experto en este conflicto y autor de «La Primera Guerra Mundial. «El exterminio de los judíos forma parte de lo que sabían los soldados y en mayor grado de lo que las últimas investigaciones sobre el tema podían hacer pensar», afirman los autores del libro.